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El rey LearEl Rey Lear (1605) decide, en plena senectud, repartir su reino entre sus hijas Gonerila, Regania y Cordelia la pequeña y lo hace repartiendo el territorio proporcionalmente a lo que cada una de ellas diga sobre el amor que le tienen y, de acuerdo al tono y a la melodía de su discurso, sería el territorio que hereden. Vanidad, pura vanidad. El viejo Lear esperaba que Cordelia, la más pequeña y querida de todas, fuese la que hablara más de su amor a su padre. Pero nada: ella piensa que ya se lo ha demostrado en vida y, por eso, su discurso resulta ser: «nada», suficiente para que el orgullo de este rey se sienta ofendido y pierda la razón locura senil, la deseherede y luego se quede en la calle sin «nada» para que su vida se convierta en una pesadilla, donde todo parece estar de cabeza: él es el Bufón y aquel, parace ser una persona razonable que se da cuenta de la realidad y de lo que sucede a su alrededor. «La nada engendra nada», dice Lear a Cordelia y este podría ser el lema de esta obra trágica que va avanzando por los laberintos del mal, hasta que se corta el hilo de la vida que lo sostiene. Séneca decía que «la ira es el precipicio del alma y la peor de las pasiones» y es ella la que hace que el mundo se pare de manos sobre todo cuando el rey Lear maldice todo, cuando se siente abandonado: ¡Soplen vientos, bufen! ¡Rompan sus mejillas! ¡Rujan de rabia! ¡Cataratas y huracanes, inunden a borbotones los campanarios y ahogen a los gallos veletas!, dice Lear enloquecido, sólo y su alma perdido en el descampado. CONTENIDO:Introducción: los amores del rey Lear
Primera edición, octubre, 2004 El Globo Rojo, México. 128 páginas. |
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